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Movimiento por un Mundo Mejor

 
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Historia de la experiencia espiritual del Grupo Promotor PDF Imprimir E-Mail

Lo que se presenta aquí no es la hisoria del Grupo, aunque  inevitablemente se tendrá que hacer referencia a la misma, sino la manera como el Grupo buscó vivir la comunión constitutiva de la Iglesia. Se trata de la espiritualidad de Igblesia, como se verá más adelante, vivida por un grupo y al servicio de la animación de la misma Iglesia. (Lo que sigue quiere ser un relato de cómo llegamos a proponer esta obra sobre la espiritualidad de comunión, a partir precisamente de cuanto se ha investigado y se ha vivido hasta hoy, con la esperanza de que sirva a otros. Ciertamente este primer capítulo no es otra cosa que una forma de plantear el tema que luego será desarrollado). 

 

 

1. La predicación del P. Lombardi
Todo comenzó con la intuición del P. Lombardi s.j., al final de la segunda guerra mundial, primero en la universidad y luego en las iglesias, en los teatros, en las plazas (hasta llegar a predicar a 300.000 personas reunidas en diversas plazas conectadas entre sí a través de magáfonos) para invitar a todos los italianos a la conversión y a la reconciliación después de la terrible experiencia de la guerra fratricida y para colocar su esperanza en Cristo, respuesta a los problemas sociales y espirituales de la humanidad desbaratada por la guerra. Un momento culminante de tal predicación acontenció cuando, a través de la radio, participaron 15'000.000 de italianos para escuchar la predicación final de la llamada "Cruzada de la bondad", que concluyó con la S. Misa presidida por el Papa Pío XII.

De Italia, el mensaje pasó, con análoga repercusión, a las naciones de Europa, incluida la del Este, y a las naciones de América, tanto del Norte como del Sur. Este fenómeno de multitudes de rodillas como signo de penitencia y de conversión, resonó en el ánimo del P. Lombardi como un signo de Dios que llama a la Iglesia a una renovación general en su condición de conjunto, en cuanto comunidad, para adecuarse a la misión que Jesús la ha dotado para la salvación del mundo. Así le expresó la percepción de este signo al Papa Pío XII, que seguía atentamente cuanto sucedió en torno a la persona del P. lombarda. Y así lo entendió el Papa, el cual el 10 de febrero de 1952, en un discurso memorable, se declaró "heraldo de un mundo mejor" y llamó a los romanos a una renovación colectiva, en un mundo que tiene necesidad de "pasar de salvaje a humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios".

Además de la predicación a las multitudes, el P. Lombardi se encontraba con los diversos responsables y comprometidos en los diversos campos de la acción pastoral de las diócesis. El mensaje central dirigido a ellos consistía en la observación de una realidad: en el mundo en el que todo es interdependiente y que camina hacia la unidad, la Iglesia no puede seguir actuando en la fragmentación y en el individualismo de las varias realidades de la diócesis: personas, grupos, organismos, instituciones. La Iglesia tiene necesidad de una profunda renovación en sentido comunitario y de hacer del "bien común de la Iglesia" la suprema ley de la vida y de la acción de los cristianos. Solo la Iglesia renovada mediante una ascesis comunitaria, que camina hacia la unidad querida por Cristo, estará en condiciones de realizar su misión al servicio de la renovación del mundo.

De esta movilización tanto de las multitudes como de los agentes en los diversos campos de la pastoral, como respuesta a las motivaciones dadas, surgieron, según los casos, diversas iniciativas unitarias.

2. El nacimiento de un Grupo
La convicción de la necesidad de la renovación de la Iglesia que estuviera a la altura de la renovación de la que el mundo tiene necesidad, la repercusión y la adhesión que suscitaba el mensaje y la multiplicación del trabajo apostólico, impusieron la necesidad de un Grupo, aún hoy, completamente original. Desde el comienzo el P. Lombardi pensó en un Grupo, no al modo de los Institutos religiosos que en el pasado fueron protagonistas de la renovación de la Iglesia, sino que pudiera ser la expresión en su interior de las diversas vocaciones eclesiales: un grupo en el que se expresaran las diversidades existentes en la Iglesia en la unidad de intenciones y de propuestas. La renovación de la Iglesia como comunidad no podía provenir de una institución más, sino de la Iglesia misma, de la expresión de las diversidades existentes en ella.

Pío XII aprobó la idea e hizo posible, con su intervención, el nacimiento del primer grupo, compuesto, además del P. Lombardi, por un sacerdote diocesano (don Casali), por otro jesuita (P. Rotondi) y más tarde, por un capuchino (...), por un javeriano (P. Piantoni), por un escolapio (P. Sapa), por un dominicano (P. Sinaldi), por un franciscano (P. Paludet), por un cordimariano (P. Rossette). A estos, se unieron algunos laicos. Más tarde, comenzó la integración de religiosas de diversas congregaciones y otros laicos, casados y no casados.

Así, nació, entre 1954 (¿) y 1956, por la convergencia de un "profeta" y de un Papa, un Grupo que se apoyaba sobre algunas convicciones fundamentales: debía ser un grupo compuesto por personas de diversas vocaciones que, permaneciendo en la condición canónica de cada uno, se dedicara a promover la conversión y la renovación de la Iglesia mediante la ascética comunitaria, pero sin identificar una pertenencia para sí mismo como consecuencia de tal animación. Un grupo que, a su vez, diera testimonio de la unidad que proclamaba y, por lo mismo, en la medida de lo posible, viviera en común, excepto los laicos que no lo pudiera hacerlo por deberes familiares. Esto era posible a condición de que las personas fueran integradas en forma provisional.

Pero, ¿era posible que un Grupo fuera permanente sin ninguna persona consagrada en el mismo de forma permanente? ¿Cómo podían los religiosos, vinculados con voto de obediencia a sus superiores, estar integrados a una comunidad en la que la autoridad era ejercitada por alguno que no fuera del propio instituto? He aquí las dos preguntas más decisivas que, después de la muerte del Papa Pío XII, habrían causado tanto sufrimiento, más allá de la buena voluntad de todos.

Fue así como comenzó  la aventura espiritual de este Grupo. Al comienzo, todos eran colaboradores del P. Lombardi, pero de inmediato se dieron a la búsqueda de un estilo de vida que fuera común a todas las vocaciones eclesiales. De hecho la imagen inicial fue la de un grupo cuyo estilo de vida se asemejaba prácticamente al de un convento, con un sistema de autoridad aún piramidal, con una cierta distinción entre hombres y mujeres, entre sacerdotes y laicos, reunidos en torno a una personalidad, reconocida por su carisma profético. Comenzaba a ponerse en camino el sueño de vivir juntos  personas de diversos estados de vida, de diversas espiritualidades, de diversa formación, de diversas culturas. Era solo un primer paso: poner en común aquello que por siglos se había visto y se había mantenido en forma separada, para poder estar al servicio no de una conversión y renovación individual sino de la comunidad cristiana.

Esta primera experiencia comenzó con la proclamación de la necesidad de una renovación general del "campo católico", al interior de una Iglesia y de un Grupo en el que la vida y la práctica respondían todavía a la mentalidad de Iglesia-sociedad perfecta. El Grupo fundamentaba su propuesta de renovación en la Encíclica de Pío XII sobre el "Cuerpo Místico de Cristo", la carta magna de la renovación propuesta a la Iglesia. Pero permanecían tres preguntas que han acompañado al Grupo por mucho tiempo: ¿cómo ayudar a la Iglesia a traducir esta doctrina en el estilo de vida de la Iglesia? Cómo convertirla, a su vez, en práctica pastoral orgánica? Aún más, ¿la misma "ascética comunitaria" que se proclamaba y se buscaba que llegara a todos y que impregnara la vida de la Iglesia, constituía una nueva espiritualidad? En este caso, cuál era su relación con la pastoral?

Salidos de un mundo hasta la segunda guerra mundial aún prevalentemente rural y apenas entrados en el consumo de masa, fruto tanto de la revolución industrial ya presente como de la revolución científico-técnica en acto, ninguno tenía una respuesta a aquellas preguntas. El punto de partida fue proclamar la necesidad de esta renovación y de esta conversión comunitaria, inquietar a la gente sobre esta necesidad y suscitar respuestas aunque fueran parciales. De esta manera, abrir la mentalidad de la Iglesia a la renovación en la línea comunitaria fue el primer paso. Las respuestas a las preguntas formuladas más arriba maduraron con el tiempo.

 

3. Las Ejercitaciones como experiencia-espiritualidad
A partir de su predicación, el P. Lombardi tenía la inspiración de dar forma a los "ejercicios espirituales comunitarios", que pusieran a los cristianos frente a los desafíos sociales del Evangelio. Los católicos, a la manera de los ejercicios militares, en coherencia con el plan comunitario de salvación universal en la unidad, debían ejercitarse, ante todo a vivir la universal vocación a la unidad y, consecuentemente, a actuar en favor de la renovación pastoral en la unidad. Sólo así el mundo podría reconocer a Jesús como Hijo de Dios. El P. Lombardi llamó este nuevo tipo de ejercicios espirituales "Ejercitaciones para un Mundo Mejor", con el subtítulo de "Ejercicios espirituales de la comunidad cristiana". Su intención fue la de dar algo análogo a los "Ejercicios espirituales" de San Ignacio, pero con una óptica comunitaria.

Las "Ejercitaciones" nacieron en 1956 y fueron publicadas en una primera edición en 1958. Se desarrollaron, con lenguaje cinematográfico, en tres "tiempos", entendidos como tres visuales de la misma realidad: en el primer tiempo se define la impostación del problema, en el segundo se madura la solución del problema y en el tercero se realiza la síntesis operativa.

Con el lenguaje ofrecido por el Concilio Vaticano II podemos decir que la primera parte desarrolla la conversión y el compromiso profético de la comunidad cristiana frente al mundo; es la lectura cristológica de los "signos de los tiempos" con la consecuente conversión y renovación para vivir como "movimiento" en el mundo y en la Iglesia. He aquí la responsabilidad personal.

La segunda parte está toda centrada en la maduración de nuevas relaciones: con el mundo (cuerpo y cosmos); con Dios (vocación a la santidad, vida de fe, consejos evangélicos, oración y su madurez, itinerario espiritualidad a la santidad); con los otros en la dimensión social de la caridad hasta la unidad que, mediante el amor recíproco, hace presente a Cristo en la comunidad. Usando ahora un lenguaje coherente con el Concilio podemos decir: La Iglesia, en cuanto "misterio", es el espacio histórico en el que se viven las nuevas relaciones de comunión con Dios, con los otros en Dios, con la naturaleza y el cosmos. Este "misterio" se vive en las relaciones de fe, esperanza y caridad, en los consejos evangélicos o en la novedad de las relaciones con el mundo, en la vocación comunitaria a la santidad y en el itinerario que ésta comporta, en las dimensiones sociales de la caridad, hasta la unidad querida por Cristo para la conversión del mundo. En la unidad Cristo se hace presente en la comunidad.

La tercera parte miraba inicialmente a una acción coherente con la visión de la salvación universal en la unidad. Clave en todos los niveles de la vida de la Iglesia debía ser, por una parte, la unidad vivida entre dos, en el vecindario, en la parroquia, en la diócesis, en la Iglesia universal y, por otra parte, un plan de acción a nivel mundial, nacional, diocesano y local que concentrara todas las energías de la Iglesia según un plan de acción coherente. De hecho, también esta parte permanecía más en el ámbito de las exhortaciones y de las indicaciones para mejorar el presente, sin dar respuesta a la búsqueda de cómo hacerlo. Después de muchas alternativas, de las cuales se hablará más adelante, se estuvo en condiciones de ofrecer no sólo horizontes sino también métodos y proyectos capaces de transformar la vida de la Iglesia en coherencia con su Magisterio.

Las Ejercitaciones fueron el instrumento clave para introducir en la Iglesia una mentalidad renovada de búsqueda y de opción por el bien común de la Iglesia y del Mundo. Se multiplicaron por miles los cursos que las proponían, en todas las Iglesias de todos los continentes, hasta crear una cierta corriente de espiritualidad, un movimiento que se filtraba en la misma vida de la Iglesia. Al mismo tiempo, como se comprendió más tarde, las "Ejercitaciones" no eran solo una experiencia semejante a los tradicionales "ejercicios espirituales" sino que en ellos se vivía con intensidad cuanto debía convertirse en "movimiento" en la Iglesia y para el mundo. Las "Ejercitaciones" se convirtieron, de esta manera, en el sentido y la razón de vida del Grupo y de su acción apostólica.

4. Comunión en la misión.
Esta primera experiencia
de las Ejercitaciones, vivida al comienzo como un ciclo de conferencias y luego como curso y como compromiso que debía asumir el Grupo naciente, por una parte convocó a los colaboradores en torno al P. Lombardi y por otra les "exigió" renovar su propia mentalidad y los modos de obrar, para no ser simplemente maestros sino servidores de la palabra que proclamaban. Debían convertirse al Evangelio y a la mentalidad conciliar así como se lo pedían a los participantes en los cursos y en las actividades que ellos mismos promovían. Es oportuno recordar que todos los colaboradores procedían de una experiencia de comunidad piramidal, clerical, apoyada sobre normas y sobre la autoridad. Su espiritualidad era de tipo individualista, hecha más de prácticas y de devociones que de opciones; espiritualidad que consagrando el silencio físico en función de una relación individual con Dios, favorecía de hecho la no comunicación de unos con los otros. La "observancia" de las formas, de las prácticas de piedad y de costumbres (fidelidad repetitiva de la tradición) era la medida de la perfección.

En este contexto, era inevitable que muchas personas inquietas buscaran nuevos caminos/experiencias, también como reacción a un ambiente "asfixiante". El Grupo se encontró con personas motivadas más por la salida de sus ambientes que por la opción de la misión del Grupo. El deseo de renovación no podía presuponer la preparación para aquella vida que apenas se comenzaba a entender y a predicar. Todo esto, unido a otros límites, sale a flote en las dificultades vividas en las relaciones recíprocas en un grupo que quería poner en el centro de la vida cristiana la unidad en la caridad.

Había una cierta conciencia común, más o menos explícita, de la razón de ser del Grupo que, basada en las Ejercitaciones, el mismo P. Lombardi sintetizó de esta manera: "el primer modo, el más sintético de la razón de ser del grupo, es ser una voz profética que quiere siempre renovar la Iglesia, empujada por el Espíritu Santo, mediante la conversión. Si se quiere un ulterior análisis debemos analizar tres elementos para este tipo de profecía:

  • - predicar la renovación constante de la Iglesia visible. En esto está implícita la necesidad de un grupo intervocacional, guiado por el Espíritu...
  • - promover la renovación de la Iglesia en cuanto tal... debemos infundir el "sensus ecclesiae"; debemos inspirarnos en el bien común de la Iglesia...
  • - ver la Iglesia visible como medio para obtener un mundo mejor... Ésta es el instrumento de salvación universal para el mundo... en esto está incluida la idea del Reino de Dios y sus exigencias de justicia, paz, etc., en el mundo..." ( Encuentro del Comité Permanente de Salzburgo BO, serie V, no. 3, septiembre-octubre 1973).

Esta conciencia común de la misión que se debe realizar -comunión en la misión- ya hace parte de una espiritualidad. Vale decir, implica un conjunto de opciones que dan un color -o un modo de ver, de ser y de obrar-  tanto a las personas en particular como al Grupo en cuanto tal. Y esto es totalmente cierto que de hecho esta comunión en la misión ha sido y sigue siendo la mística del Grupo y lo que le ha permitido superar tantas dificultades, internas y externas. Ha sido, entre otras cosas el punto de partida de un itinerario que ha llevado al Grupo a descubrir progresivamente las implicaciones y las exigencias de la comunión y que hemos buscado recorrer hasta ahora. 

5. De la comunión operativa a la afectiva
Después de la muerte de Pío XII, en agosto de 1958, y después de que Juan XXIII hizo el anuncio del Concilio Vaticano II, en enero de 1959, el Grupo vivió la preparación del Concilio difundiendo el mensaje de las Ejercitaciones al mayor n
úmero posible de agentes de pastoral: obispos, presbíteros, religiosos, religiosas y laicos. De hecho, una tercera parte del Episcopado mundial recibió este mensaje antes de la inaguración del Concilio y, de nuevo, fue repetido durant el acontecimiento conciliar.

Dopo la morte di Pio XII, nell'agosto 1958, e dopo che Giovanni XXIII diede l'annuncio del Concilio Vaticano II, nel gennaio 1959, il Gruppo visse per la preparazione del Concilio diffondendo il messaggio delle Esercitazioni al maggior numero possibile di operatori pastorali: Vescovi, preti, religiosi, religiose e laici. Di fatto, un terzo dell'Episcopato mondiale ricevette questo messaggio prima dell'inaugurazione del Concilio e, di nuovo, fu raggiunto durante l'evento conciliare.

El Grupo en este período vivió un doble sufrimiento: por una parte, ver que quien había sido reconocido públicamente por los periódicos como "micrófono de Dios" y por una gran parte de la Iglesia como "profeta", incluso por el mismo Pío XII, ahora era puesto en cuestión por los ambientes de la Curia Romana, hasta dar la impresión de haber sido alejado por el mismo Papa. Por otra parte, experimentar en la propia carne, cómo esta desconfianza se extendía al Grupo que había sido fundado por él. Aún las cosas más banales contribuían a suscitar el descrédito y a justificar la desconfianza frente al Grupo. Se llegó inclusive a aconsejar a algunos obispos de no enviar sus sacerdotes a los cursos del P. Lombardi y otros obispos hicieron otro tanto en relación al Grupo.

Al final del Concilio, en diciembre de 1965, no existiendo una figura jurídica en la cual ubicar esta nueva realidad y debiendo encontrar una solución para asegurarle un futuro, Pablo VI tomó la decisión de confiar el Grupo a la Compañía de Jesús. La solución era en sí contraria a la naturaleza del Grupo, pero de hecho significó su comienzo jurídico. Los religiosos debían realizar (o dejar???) la vida común en casas del Grupo y podían colaborar en las actividades apostólicas. La Compañía de Jesús, en la persona de su Propósito General, P. Pedro Arrupe, aseguró el respeto de la naturaleza y de las propiedades del Grupo limitando el decreto pontificio a la dependencia directa de su autoridad y reelaborando el primer estatuto.

De hecho en aquel tiempo todos los responsables, excepto el P. Lombarda y otro jesuita, pertenecían al clero diocesano y como tales dependían de sus obispos. Se aceptó este paso tanto por obediencia a la Iglesia como por conservar la unidad de un único Grupo y no reducirlo a una federación de grupos autónomos.

El Grupo, aunque aceptado jurídicamente, siguió experimentando por muchos años el sufrimiento de no sentirse plenamente reconocido por una fuerte corriente de la Iglesia, si bien es cierto que muchísimas personas creyeron en este servicio y dieron la vida para servir a la Iglesia en su renovación. Fueron ocho años de sufrimiento directo, y después otros más, en los que la Iglesia oficial tomó distancia del mismo.

En este período el Grupo, también gracias al Concilio realizado y a sus resultados, se convenció cada vez más de que la renovación de la que era y es promotor es un hecho permanente porque pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia. La renovación promovida por el Grupo no era solo aprobada por un Papa y querida por un "profeta", sino que era un Concilio el que declaraba la necesidad de una reforma permanente de la Iglesia en cuanto tal y no solo al interior de la misma (LG 8-9; UR 6-7). De este modo creció la conciencia del Grupo respecto a la validez de su misión y, al mismo tiempo, el sufrimiento le ayudó a crecer en la empatía y en la comprensión (compasión) tanto de lo que se atribuía al P. Lombardi como de la incidencia que tal hecho tenía sobre la aceptación del Grupo. La comunión vino a ser más consciente y más intensa en relación con la misión y la vida del Grupo como tal.

6. Comunión: pobreza y participación
La misma maduración de la conciencia del Grupo respecto a la necesidad de la reforma de la Iglesia en la caridad, hasta lograr la unidad plena, a imagen de la Trinidad, coloca al Grupo frente a la necesidad de expresar en su vida interna un tipo de relación institucional participativo y corresponsable. En 1965, mientras se concluía el Concilio Vaticano II y el Grupo se confiaba a la Compañía de Jesús, los responsables de los diversos grupos existentes hasta ese momento en el mundo, en un encuentro de tres meses, se encontraron en el Centro Internacional Pío XII por un Mundo Mejor (Rocca di Papa-Roma) para compartir esta situación y para definir dos opciones decisivas para el futuro: la concepción del Grupo y el sistema de gobierno.

En este encuentro se discutió por varios días el modo de entender el Movimiento y el Grupo. Se delinearon dos posibilidades: concebir el movimiento como un núcleo en torno al cual se forman otras realidades, más o menos relacionadas, con diversos grados de pertenencia, en círculos concéntricos (consagrados, colaboradores, amigos, simpatizantes...) para que, creciendo lo más posible el número de miembros, se pudiera incidir sobre la vida de la Iglesia.

La otra concepción, que de hecho fue la asumida, es la de un "movimiento" o dinamismo histórico promovido por un Grupo que,  -permaneciendo en la condición de animador y promotor de tal movimiento- hiciera parte de la vida de la Iglesia bajo la guía de aquellos que han recibido el ministerio de la unidad: Papa, obispos, párrocos y toda autoridad legítima en la Iglesia. De esta manera el Grupo se limitaba numéricamente al estrictamente necesario para "producir" dicho movimiento.

Esta última concepción, escogida concientemente por quienes en aquel momento representaban el Grupo, incluido el P. Lombardi, significó un paso fundamental. Significaba entender un Grupo, no solo sin miembros consagrados, permanentes, sino que voluntariamente se limitada a ser relativamente pequeño. Significa promover un "movimiento" no visible ni contabilizado porque es parte de la misma vida de la Iglesia. Justamente, porque el "Movimiento por un Mundo Mejor" no es visible, de hecho se le identifica, por parte de muchos, con el Grupo que lo promueve. No obstante el "Movimiento" es más fuerte que muchos otros y justamente porque no se ve con su específica delimitación hace parte de la vida de la Iglesia.

Fue esta una opción de pobreza. La comunión con la Iglesia y al servicio de ella exigía saber perder y aceptar morir, para que el fruto del trabajo del Grupo se reflejara en una Iglesia viva. Se tuvo fe en lo que Jesús dice: el que pierde la vida por mí (por él en su cuerpo que es la Iglesia) la encontrará. De esta manera, el Grupo, condenado a sí mismo a ser una realidad numéricamente insignificante y a hacer que sus "propuestas" unidas a la vida que de ellas surgía, se convirtiera en "propiedad" de la Iglesia. Al mismo tiempo, aún en la certeza de fe que la misión que reunía el Grupo era permanentemente válida, su capacidad de permanencia histórica residiría en su fidelidad al don recibido y en la creatividad con la cual debe ofrecer renovadas respuestas a las necesidades de la Iglesia y del mundo. De esta manera, el Grupo se constituyó estructuralmente en condiciones de debilidad y de fragilidad, en un cierto sentido de "muerte", con la confianza de "vivir" y  de resurgir, por la fuerza de la palabra de Cristo y de su gracia, en la medida de su fidelidad.

La segunda opción hecha se refería a la participación de los miembros. La situación inicial de ‘colaboración' con el P. Lombardi ya no era adecuada a un Grupo que estaba creciendo y tenía necesidad de asumir sus responsabilidades. No se trataba de sustituirlo, sino que había llegado el momento, precisamente para respetar el don recibido, de encontrar modos de participación más adecuados en la conducción del Grupo. Fue un momento no fácil, pero que condujo a la decisión de un sistema de gobierno más representativo y participativo, lo cual coincide con lo que los jesuitas le pidieron.

Fue así como se vivieron otros momentos de la comunión. Esta se hace y se edifica en la pobreza y en la humildad de hacer crecer el conjunto, de hacer crecer el otro, sabiendo disminuir para que Cristo sea edificado en su Iglesia. Además, la comunión no acontece si no en y mediante la participación. Dos convicciones iniciales que fueron portadoras de tantas consecuencias, algunas pesadas porque se paga el hecho de aparecer "pequeños" y "no poderosos", otras desafiantes porque exigen creatividad en relación con las estructuras y los métodos de participación y de corresponsabilidad.

7. Comunión: búsqueda, creatividad y opciones 
En 1969 y 1972, se realizaron dos Cenáculos (Asamblea general del Grupo) en los cuales se asumieron dos opciones determinantes para el futuro: la primera se refería a la distinción entre las Ejercitaciones y Movimiento y, la otra, a los caminos más adaptados para promover la renovación de la Iglesia.

Hasta 1969, el Grupo dedicó su compromiso y sus energías a la difusión de las Ejercitaciones. Sin embargo, en las experiencias se encontraba un problema constante: cómo traducir en la práctica todo lo que se había reflexionado y orado. Surgieron algunas preguntas: ¿este Grupo debía reducirse solo a motivar la renovación comunitaria a través de las Ejercitaciones, o debía también asumir otras iniciativas, incluidas propuestas operativas? Dicho de otro modo, las Ejercitaciones eran el único modo de promover el Movimiento por un Mundo Mejor o había otras formas? ¿Se justificaba un Grupo, como se venía delineando, solo en función de un curso de "ejercicios espirituales", aunque fuera muy válido? Esto era suficiente para crear "movimiento"?

En el Cenáculo se llegó a la conclusión de que el Movimiento que se quería promover estaba presente en las Ejercitaciones, pero que no era el único instrumento para promover el Movimiento. Aún más, se clarificó que las Ejercitaciones constituían la base de la vida y de la acción apostólica del Grupo, que todo debía nacer de allí y que se debían realizar en tal forma que se convirtieran, en coherencia con el Concilio, en un estilo de vida de la Iglesia. El Grupo entendió que no se había constituido en torno a una misión identificada con una actividad, la de las Ejercitaciones, sino en torno a una función propia de la Iglesia: llamar a la conversión de la Iglesia. Hacer propia esta función, presente en las mismas Ejercitaciones y aceptar la diversidad de caminos para realizarla, fue todo un logro.

Si bien esta opción no fue fácil ya sea porque parecía tocar el núcleo fundacional del Grupo y de su Fundador, ya sea porque se trataba de abrir la puerta a la creatividad sin saber a dónde nos podría llevar. Esta implicaba la búsqueda permanente, algo con lo cual muchos no se sentían particularmente atraídos. No obstante se obtuvo el consenso de todos, incluso del mismo P. Lombardi. Esta opción tuvo reales y dolorosas consecuencias casi por 20 años: se crearon corrientes internas sobre el modo de concebir el Movimiento y el trabajo del Grupo.

En este período, en otras cosas, surge un sistema de reflexión y de búsqueda permanente, a nivel internacional, con la participación de los diversos grupos, con un sistema universitario de búsqueda interdisciplinar aplicada a nuestra realidad. Los temas di investigación fueron: los signos de los tiempos, el diálogo, la liberación, la secularización, el discernimiento, las tendencias en la Iglesia, la relación Iglesia-Mundo y el Reino de Dios, la participación, la justicia. De estas búsquedas, hechas generalmente con el método similar al de los "signos de los tiempos", se lograron diversos frutos: la renovación de los contenidos doctrinales, de los métodos de trabajo, de las estrategias apostólicas; orientaciones pastorales y orientaciones para el estilo de vida del Grupo. De esta manera aprendimos, desde la experiencia, que la renovación de la Iglesia depende de la lectura de los "signos de los tiempos", como lo había indicado el Concilio (GS 4.10.44).

La segunda opción, en el Cenáculo de 1972, se refiere a la estrategia para promover la renovación de la Iglesia. El Grupo, después del Concilio, se encontró frente a un hecho nuevo: lo que hacía que las Ejercitaciones y el trabajo del Grupo fuera una novedad, es decir, la mentalidad y la síntesis que ofrecíamos, ahora,  -superada, enriquecida y ampliada por el Concilio-  se convierte en patrimonio de la Iglesia. Después del Concilio se multiplicaron las iniciativas para profundizarlo, tanto en el aspecto teológico como en el práctico. Y lo que el P. Lombardi pronosticó, se cumple puntualmente: el Concilio no será visto como un llamado a la conversión comunitaria de la vida eclesial, de las personas y de las comunidades que la encarnan, sino que será asumido sólo como renovación doctrinal de la visión de la Iglesia y búsqueda práctica de estructuras organizativas coherentes con la misma.

En esta fase el Grupo se encontró que era una voz entre muchas otras y, de algún modo, sin "voz" en la Iglesia y. por lo mismo, se vio abocado a un desafío: cómo promover la renovación comunitaria cuando todos hablaban de ella sin darse cuenta, sin embargo, de la necesaria conversión para que tal renovación aconteciera?  Después de una larga reflexión se llegó a la necesidad de promover "experiencias tipo" en las cuales se manifestara la conversión conciliar y se demostrara que era posible. Fue esta una opción asumida por unanimidad, pero que, puso en dificultad a quienes habían entrado en el Grupo motivados por la predicación. Este sufrimiento viene a agravar la presencia de las corrientes internas ya iniciadas. La opción implicó un largo período de reflexión y de experimentación para la formulación de proyectos de renovación comunitaria a nivel de parroquia, de diócesis y de Institutos religiosos que hoy, con la ayuda de todos, están llegando, poco a poco, a muchos niveles de la Iglesia. 

El Cenáculo de 1972 fue un Cenáculo de creatividad. Se usó un método que permitió que el Grupo expresara sus expectativas, intuiciones y percepciones de futuro dando vida a un nuevo sistema de gobierno y a un primer intento de planificación unitaria. Es decir, fue el comienzo de una búsqueda y del intento permanente de encontrar un método de planificación apostólica, de vida y de organización que nos facilitara la construcción dinámica de la comunión. La planificación se convirtió en parte integrante del estilo de vida del Grupo.

La comunión de esta manera se vive como búsqueda, creatividad, opción de futuro y de planificación, continuidad que siempre se repropone, riesgo de incoherencia con el pasado, intento de nuevos caminos que, de hecho, habrían quedado históricamente cerrados. Es la fidelidad activa de un don recibido, pero que debe reproponerse creativamente en las diversas y cambiantes situaciones del tiempo. Aprendimos en nuestra propia carne que la comunión no es un hecho estático, sino fruto de opciones que ponen en crisis cuanto se ha logrado y que abre a futuros inciertos. Las opciones de fe se basan no sobre la seguridad de la experiencia del pasado, sino sobre la oscuridad y el riesgo de cuanto no se "ve", pero se "cree". Opciones que ponen en crisis las mismas relaciones entre las personas si aceptan la tensión y las tensiones como parte intrínseca de la misma fidelidad, como purificación de sí para una comunión dinámica, siempre en espera de una más plena realización en la caridad.

8. Comunión e identidad
La experiencia de las opciones hechas en comunión en coherencia con las orientaciones fundamentales llevó a la necesidad de una renovada definición de la identidad del Grupo. La confusión entre Movimiento y Grupo, en el sentido ya indicado arriba, obligó a definir la naturaleza e identidad del Grupo, lo que fue posible también gracias a la experiencia vivida. Esto se hizo en los Cenáculos de 1975, 1979, 1983, no sin dificultades, pero con la aprobación de los documentos respectivos en forma unánime. Aún existiendo corrientes internas todavía no superadas, se encontró la manera de definir la identidad del Grupo en su Vocación y Misión -fin, funciones, características, espiritualidad, objetivos-, en sus opciones apostólicas  -decisiones que cualifican la acción del Grupo- y en su Configuración y Fisonomía  -estilo de vida y de organización ideal-. 

El continuo cambio de personas, la confusión presente en los documentos anteriores y las opiniones diversas creadas en torno a los términos ‘Movimiento' y ‘Grupo' obligaron a reflexionar sobre la identidad del Grupo en forma diferenciada. Con un proceso de consulta, con la formulación de un documento de trabajo discutido y aprobado en el Cenáculo 1975, se concluyó el itinerario del documento sobre la "Vocación y Misión del GP" con el cual se cierra un capítulo determinante para el futuro del Grupo. 

La creatividad en diversas formas de "ejercicios espirituales" y en diversas actividades y proyectos operativos para la promoción del Movimiento obligó, en el Cenáculo de 1979, a definir algunos criterios de discernimiento que sirvieran de puntos de referencia para discernir la autenticidad de las actividades que se realizaban. El Grupo se puso en actitud de evaluación de cuanto hacía y de discernimiento de las características que le aseguraran la fidelidad a su Vocación y Misión.

Después de la muerte del P. Lombardi, ocurrida el 14 de diciembre de 1979, el Grupo se encontró con el deber de especificar los modos y el estilo con los cuales vivir idealmente su Vocación y Misión. Fue en el Cenáculo de 1983 cuando se afrontó el tema y se elaboró el documento sobre Configuración y Fisonomía, en el cual se especificó la composición y el tipo de Grupo que somos, su estilo de vida (espiritualidad, convivencias y formación), la comprensión de la provisionalidad, la organización y la sistematización jurídica, las relaciones con los Grupos de origen de los miembros y con otras realidades de la Iglesia y de la sociedad.

Con estos tres documentos, se colocaron las bases para un futuro renovado. La comunión se hacía más en profundidad a partir de las diversidades existentes, incluyendo las corrientes internas de las cuales se habló más arriba. La comunión no excluye, pero sí da lugar a todos, para que se viva con fidelidad el don de Dios. La historia del Grupo pasó por momentos difíciles y tensos entre las diversas corrientes pero jamás ninguno puso en duda ni la razón de ser del Grupo ni sus opciones. Lo que ocurría era algo sencillo. Las diversas opciones planteadas originaron crisis pero la aceptación sincera de las mismas no implicaba que todos fueran capaces de llevarlas adelante. De aquí la natural tendencia a identificar el Grupo con lo que cada uno sentía que podía llevar adelante.

De esta manera se logró una nueva enseñanza para la vida: es necesario vivir la comunión no sólo en las diversidades constitutivas del Grupo, sino también en las tensiones debidas a las diversas impostaciones, comprensiones, capacidades y prospectivas que las personas llevan consigo. Es necesario aceptar que las tensiones exigen la paciencia, la comprensión, la aceptación de las personas que las encarnan y darles espacio para que el tiempo y la historia den razón a aquellos que han tenido las intuiciones. La comunión se hace de esta forma en el discernimiento, en la purificación y reconciliación permanente de las personas y del conjunto, en la evaluación y búsqueda fatigosa del consenso.

9. Comunión y consenso
En varias ocasiones se ha hablado de las dificultades debidas a las diversas tendencias presentes en el Grupo desde el momento en que se superó, como se dijo arriba, la identificación entre Ejercitaciones y Movimiento. Algunos siguieron creyendo en las Ejercitaciones como única vía para promover el Movimiento, mientras otros creían en la necesidad de crear otros instrumentos de animación espiritual que permitieran profundizar la síntesis que ofrecían las Ejercitaciones y finalmente otros creían en la necesidad de proyectos operativos que expresaran las Ejercitaciones en términos de acción y de práctica pastoral.

Estas corrientes, como es normal, se expresaban a través de personas y, por lo mismo, a través de los límites y cualidades de las mismas. La dificultad mayor, posiblemente a causa de la inexperiencia del Grupo y de los límites de las personas, fue considerar como contrapuesto lo que en realidad era complementario. Pudo ser, aunque en forma inconsciente, que se trataba de un juego de liderazgo del Grupo y de la mayor o menor capacidad de visión en las propias opiniones. De hecho, durante varios años se vivieron tensiones, ciertamente crecientes, con pérdida de energías que, al final pusieron en riesgo la misma unidad del Grupo. Pero el sacrificio de muchos permitió superar tales dificultades. Al final, en estos años, se llegó también a poner al día el aspecto jurídico por parte de la Santa Sede (1989) y por parte del Estado italiano (1998). En  el Cenáculo de 1991 el Grupo en su conjunto logró la convergencia en la opción de "movimiento" entendido como promoción de procesos históricos, concretamente a través de proyectos que se refieren a la renovación global de la Iglesia, aunque no todos los grupos los estuvieran promoviendo. Todos entendieron, sin embargo, que esta comprensión de "movimiento" era justa, no solo porque incluía todas las otras formas de promoción, sino también porque los hechos demostraban la validez de tales opciones.

De esta manera tanto en el Cenáculo de 1995 como -principalmente- en el de 1999 se maduró la conciencia de que el Grupo debe llegar a las decisiones que se refieren a su vida y a su misión por vía de "consensos", lo cual normalmente exige una progresividad de consensos a fin de dejar espacio a cuanto nace de nuevo antes de asumirlo como orientación común. 

Conclusiones
La experiencia de las opciones, la lenta maduración de las convicciones, la necesidad de caminar juntos, las tensiones vividas y sufridas..., llevó a la conciencia de que la comunión se edifica a través de algunas coordenadas: el diálogo, la reconciliación y el discernimiento. Tres valores estudiados pero sobre todo ejercitados constantemente como Grupo en su conjunto, si bien en forma imperfecta. El diálogo entendido como relaciones auténticas interpersonales y con formas concretas para vivirlo y expresarlo. La reconciliación entendida como purificación de la propia manera de ver, sentir y obrar, como corrección-promoción fraterna y como recomposición de las relaciones en la paz. El discernimiento entendido como itinerario de opciones, hecho y vivido en común, para llegar a opciones que, por cuanto moralmente es posible, se pueda decir que es hacer y vivir como opción la voluntad de Dios "aquí y ahora".

La comunión implica la fatiga permanente para construirse conjuntamente, para edificarse en Cristo; fatiga ciertamente irrenunciable frente al Evangelio, para vivir día tras día, en el dinamismo de la esperanza, apoyados sea sobre la promesa de Dios de llevar a término cuando se ha iniciado, sea en el compromiso de la caridad que gasta la vida para crear cuanto se espera.

Se llegó, así, después de muchos años, a entender que todo lo vivido conducía a la reexpresión de los orígenes, a la explicitación de cuanto se había intuido  y expresado como ideal. A la inicial predicación del P.Lombardi a las multitudes, corresponde ahora la movilización permanente y planificada de las mismas a nivel parroquial y diocesano. Planificación entendida como procesos de evangelización y renovación permanentes del conjunto, como camino de las Iglesias locales hacia la plena comunión en la santidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A las propuestas iniciales del P. Lombardi sobre proyectos de reforma promovidos por vía de autoridad, ahora corresponden proyectos y estrategias, elaborados con métodos de alguna manera científicos, que permiten a los obispos y a las diócesis conducir procesos de transformación del estilo de vida y de acción pastoral de las Iglesias locales. A la inicial formación espiritual de los agentes de pastoral, basada en las Ejercitaciones, ahora, además de las mismas, se añade la promoción de los diversos valores que explicitan la espiritualidad de comunión. Todo esto está fundamentado en la lectura teológica de los "signos de los tiempos", o lectura cristológica de la historia. Se trata de las Ejercitaciones vividas por la Iglesia como experiencia de comunión y que el Grupo anima y promueve. Es el movimiento por un mundo mejor al que la Iglesia sirve en la medida en que vive la unidad querida por Cristo.

El Grupo, a su vez, se encuentra dispuesto a llevar adelante una "profecía de propuestas", a plantear respuestas y, al mismo tiempo, desafíos que corresponden a las necesidades de la Iglesia.. De esto modo está "ganándose" el derecho de tener "palabra", lo mismo que el de tener una presencia y eficacia en orden a la puesta en práctica, en forma orgánica, del Concilio Vaticano II. La debilidad institucional del Grupo se convierte en su fortaleza. El no-poder del Grupo facilita la aceptación de sus propuestas. De nuevo, lo que parecía muerto, toma cuerpo no sólo como grupo de voluntariado sino que viene acogido y asumido por los obispos que lo presiden, constituyendo un hecho nuevo. ¿Será este el modo como inicia una nueva forma de presencia en la estructura de la Iglesia? Si fuere así, también esto es desarrollo inicial de una intuición

De esta manera estamos solo al comienzo. Las opciones iniciales fueron maduradas en muchas otras opciones que ahora, a su vez y como se preveía, deben ser explicitadas y adaptadas por otras situaciones. Nada es estático. El tiempo de fundación de esta realidad que es el Grupo y el Movimiento que lo promueve no ha terminado. Pero tendrá un término?

 

 

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